Somos tan domesticables
Creo que este es, de todos los posts, el más personal e íntimo. Podría adjetivarlo diferente, como romántico, o sentimental tal vez, pero aunque se disfrace de objetivo, no puede esconder lsu subjetividad, que sale de lo más profundo de mis experiencias.
Pienso en las relaciones. Pienso, mejor dicho, en las relaciones que se terminan. Y cómo duele. Y cómo el tiempo pasa insoportablemente lento, y cómo cuesta seguir con la vida diaria, cuando sentís que te extirparon una parte de vos. Pienso en mi, en mis amigos, en mis conocidos, y creo concluír en qué es lo que más duele, lo que más cuesta de superar una relación en el día a día.
No importan los motivos por los que esa relación terminó. No importa cuál sea el sentimiento más intenso; si duele la traición, la desilusión, el desconcierto o la descepción, da igual. Puede terminar bien, o terminar muy mal. Pueden doler las cosas puntuales que pasaron en el pasado o en el presente y que llevaron al fin de la relación, o pueden doler más los proyectos futuros que nunca verán la luz; que quedarán eternamente en borrador.
Pero en el día a día, cuando no queda otra que seguir la vida aunque quisieramos enterrarnos en un hoyo profundo, hibernar y despertar 6 meses después, cuando el tiempo no pasa lo suficientemente rápido para superar esa relación que terminó hace poco, es la cotidianeidad lo que más duele.
Construir una relación implica muchas cosas: sabidas son la confianza, la admiración, el apoyo mutuo, el compañerismo pero por sobre todos estos conceptos, en el día a día, implica domesticación. Domesticar es una tarea fina, lleva tiempo, y mucha paciencia.
Nos domesticamos mutuamente con ritos, costumbres y guiños personales que se repiten. Con esos pequeños gestos íntimos que sólo conocemos nosotros. Con bromas sabidas y predecibles. La rutina, que le dicen y tanto denostan, es la que construye el día a día de la relación. Desde las costumbres favoritas hasta las discusiones recurrentes. Cada rito va lentamente marcandose en nosotros como un símbolo de la relación. Nos vamos domesticando.
Cuando nos separamos sentimos la falta del otro en el vacío de esos ritos. Ya nadie termina la frase con el cliché obvio, ni encontramos ecos gestuales como hasta ahora. Extrañamos los chistes repetidos, y sentimos hasta la falta de esas cosas que más nos molestaban. Extrañamos porque estamos domesticados.
Y porque nos gusta estar domesticados es que también volvemos a construir relaciones que nos domestican. Muchas veces, cuando termina una relación, nos abruma también la idea de tener que conocer a otra persona y abrirse a él/ella. Eso que nos abruma es que estamos pensando en volver a domesticar y ser domesticado (con todo el trabajo que eso conlleva). Pero también esa es parte de la mágia de iniciar una nueva relación: ir creando conjuntamente nuevos ritos significativos para los dos. Es en la edificación de los nuevos ritos que esperamos con ansiedad y exitación el momento del encuentro, cuando nos descubrimos y nos sorprendemos.
Aunque podría seguir hablando, alguien, hace ya muchos años, escribió un fragmento sobre esto que es tan perfecto, que no encuentro forma de superarlo. Termino entonces con este fragmento de mi libro preferido:
—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se
parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos
me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor… domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y
conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…El principito volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se
parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.De esta manera el principito domesticó al zorro.
Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
—Ciertamente —dijo el zorro.
—¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo.











